lunes, 31 de enero de 2011

Entren los que quieran

(Pseudo amantes del rock fundamentalistas de mentira y principios muy sólidos, abstenerse, porque sus comentarios no son bienvenidos, nunca)





No me gusta el reggaeton (el reguetón). Su música no me atrae, pero lo peor son sus letras, que siempre giran sobre lo mismo y a veces hacen gracia y a veces dan lástima. Pero ha pasado algo. Sinceramente lo más reggaeton de Calle 13 no me gusta, ni me gustó nunca, pero reconozco que en el fondo -al menos lo creo así- tiene más ironía que sinceridad. Algunas de las famosas canciones del grupo, que dicen muchas cosas guarras (es la palabra que mejor se adapta), y que parecen pura sinceridad boricua, no son otra cosa que una especie de lenguaje callejero autoconsciente. Residente (el vocalista de C13) no nació en la penuria puertorriqueña; viene de la clase cómoda (que no es lo mismo que acomodada) de ese país. Es bastante más ilustrado de lo que quiere vender -y vende, efectivamente.

(No voy a ahondar en esto: para más, consultar la Cinemag que sale este viernes a los dos lados del Plata. Tapa de Anthony Hopkins por El rito, que esperamos con ansia... en Plaza Francia).

Este post no era para promocionar descaradamente -aunque indirectamente lo hace-, sino para compartir un tema del último disco de Calle 13 que se llama Calma Pueblo. Desde el título ya vemos por donde viene; por el lado del Calle 13 activista y todo eso, que todavía no se si definir de puro caretismo o sinceridad. No se, realmente, si el camino comprometido de este grupo (en temas como Pal' Norte, también) es visceral, real, o simple estrategia descarada de marketing. Tiendo a creer que tiene un poco de las dos, y no está mal.

Cuando uno dice Calle 13 lo relaciona con ese género que a muchos no nos gusta, y en seguida los rechaza. A continuación dejo este tema de Entren los que quieran, que salió en noviembre pasado. Yo me lo pasé escuchando por varios días seguidos. Este rap superheavy -qué es si no?- (compuesto junto a Omar Rodríguez-López, guitarrista del grupo de Texas The Mars Volta) es la última frontera en la transformación de Calle 13, transformación que implica contradicción interna, y se nota.



sábado, 15 de enero de 2011

En vías de extinción

Hace algunos días cierta revista musical publicó un estudio que delata al 2010 como el peor año para el rock en los últimos 50 años. Peor y mejor, en este caso, medidos en base a índices de popularidad. “Apenas tres canciones de rock 'n' roll aparecieron en la lista de los 100 éxitos para 2010 en el Reino Unido, la cifra más baja en 50 años”. La “decadencia” –siempre entre comillas, porque es en base a popularidad, y sabido es que la popularidad casi siempre está equivocada-, que toca su mayor pozo en el año que acaba de terminar, no es repentina: en 2008 los temas de rock en el hot 100 fueron 27; en 2009, fueron 13. Como debe ser, el lugar huérfano del rock es ocupado, según indica el informe –y cualquier ranking internacional- por el pop.

Pero lo que parecería ser un ascenso de la música pop a escala mundial resulta ser una cosa diferente: lo que ocurre -según alcanzo a ver- es un estancamiento del rock más que una evolución positiva del pop. Este género permanece dentro de lo esperable, dentro de su naturaleza e innovación; es el rock el que parece poblado de jóvenes fundamentalistas asquerosos. A contrapelo de la actitud de quiebre con lo existente y la vanguardia, las “nuevas bandas” que se dicen –con orgullo- de rock, profesan ciertos principios sacralizados y desacreditan al pop. Critican cierta liviandad o estupidez en el pop, cuando es más estúpida la impostura de ciertos grupos de rock.

Rockers de juguete hechos en serie
¿Por qué este estancamiento en el rock? Seguramente se deba a esta actitud de rockeritos-reventados-transgresores de cotillón que tiene el 90% de las bandas de la actualidad. Parece tratarse todo de una postura o máscara más que de tocar. “Rockear no tiene que ver con drogas ni como parecer un idiota”, deberían aprender un poco de Mr. S de School of Rock.

(Auténticas bazofias del mismo Lucifer como Ataque 77 –basura total-, La mancha de Rolando –qué asco-, Callejeros –que desastre-, y un aterrador y extenso etc, llenan estadios y atraen a las huestes huérfanas de los Redondos que evidentemente están llenando estadios equivocados. En Uruguay nombremos a No te va gustar, Chala Madre y Once Tiros para demostrar que de esta parte del charco no nos quedamos atrás y hay mucha mierda; demasiada para un país tan chico y con un corazón tan grande).

De algo sirven estos grupos –que pertenecen al rock chabón-: sirven para que Capusotto tenga material de sobra de acá a cuarenta años para sus acertados sketches sobre el modelo-rocker.

El retorno de los reyes
El escenario es claro: son cada vez más frecuentes los casos grupos históricos que se reúnen –viejos, gordos, calvos- abandonados por las musas, para reencontrarse con el éxito perdido y rememorar viejos y gloriosos tiempos. Esto no es algo esencialmente malo; ¿qué tiene de malo que músicos consagrados se junten para recordar viejos hits, y de paso hacer algo de dinero? Nada de malo, al contrario. Pero de muestra algo triste en el fondo: viene a confirmar que detrás de ellos no llegó nadie para sustituirlos. Actualmente, a excepción de contados casos, son las viejas glorias (Clapton, Dylan, Paul, los Stones, Zeppelin, los Beatles) las que llenan los estadios, las que emocionan al público. Hasta el mismo Lennon, desde el cielo, levanta y mueve más gente que un ejército de grupos fugaces de la actualidad. Es a la vez vivificante y un poco nostálgico ver cómo tiene que cargarse la mochila al hombro Paul McCartney. Las leyendas vuelven al ruedo, se reúnen, hacen giras; en parte por necesidad propia, pero en gran parte por la obvia necesidad de llenar un vacío que nadie llenó.

¿No hay nuevos grupos, entonces? Claro que los hay, quien va a decir que no: Coldplay, Muse, Franz Ferdinand, Strokes, The Killers, además de los otros: Red Hot Chili Peppers, R.E.M., INXS, Smashing Pumpkins, Foo Fighters… pero, obviamente, cada vez, a medida que pasan los años, son especies que desaparecen. Los Killers son intermitentes y parecen separarse y juntarse, lo mismo con Franz Ferdinand y los Strokes, Keane, los Peppers. Pero más allá de ellos no hay vida inteligente.

El mal del rock
Hay dos enfermedades que a esta altura parecen crónicas en el rock: la primera es la tragicómica puesta en escena de la mayoría de los artistas del género, la segunda es la imitación no solo de otros músicos, sino también de cánones y principios obsoletos que, en su época, fueron removedores.

1) Sobre la tragicómica puesta en escena
A pocos les sale bien y da gusto verlos con parquedad sobre el escenario; uno de ellos es Bob Dylan. El resto: abstenerse por favor! El problema es que en la actualidad, muchos exponentes de esa facción del rock –siempre recalquemos que es un sector, no la totalidad- se paran mirando hacia el público, tocan sucio y desprolijo, fuerte, gritan, se mueven –como los personajes de Capusotto, nuevamente-. Su actitud no es la de brindar un espectáculo; y con esto no digo que deban prender fuego sus instrumentos ni nada. En estas latitudes, donde ese mal espantoso es mayor –diría que es nativo de estas tierras- y se suma a letras que suenan mal en muchos casos, hay pocos grupos que escapan a esto, se me ocurren: Los Pericos, Auténticos decadentes, El cuarteto de Nos y Closet (un grupo pop ¡cuidado, pop!, que horrible, que superficial!)

2) Sobre la imitación a cualquier precio
Una cosa es tomar mucho de los que saben, demasiado; perseguirlos hasta parecerse a ellos. Eso no tiene nada de malo. Pero cuando el objetivo de un artista es copiar la actitud de otro, o la voz, eso ya es desagradable y da risa. Un buen ejemplo de esto es el surgimiento de pseudo-calamaros que han proliferado en Argentina. ¿Cuántos cantantes con voz calamaresca han aparecido? Coti, Pity Álvarez (aunque a este lo perdonamos, porque “estamos enfermos, perdónenos, perdónenos”), Estelares, etc… ¿Cuál es la gracia de mutilarse a uno mismo para parecer otro? Si uno copia a otro puede ser bueno, hasta ser casi como el otro; pero podría ser mejor si fuera uno mismo. Entiendo que a Juanse de los Ratones le fascina Mick Jagger, pero no encuentro que le copie la voz ni los movimientos –tal vez sea porque se le rompería la cadera-. Simplemente no entiendo esto. Es inevitable que un músico esté influido por los Stones y los Beatles o Dylan, pero querer ser una fotocopia de otro es muy triste.


Finalmente, en este marco de estancamiento, no es de extrañar que el pop surja como el gran animador de las radios en tiempos en que lo que llega más rapido a los oídos gana. El pop, a diferencia de otros géneros, tiene en su esencia la fugacidad: las estrellas fugaces son propias de ese género, esas estrellas de un éxito pasajero. Entre tantas quedan algunas.

PD: Me consta que colegas –aunque si a ellos les preguntan dicen, para lavarse las manos: ‘yo no soy cronista musical’- creen que esto es agresivo y atenta contra la producción nacional. Si hay algo que no soporto es la defensa irracional de cualquier porquería por el solo hecho de ser nacional. Allá ellos. Es un poco cansador ver cómo desfilan grupos realmente espantosos por programas de radio con conductores especialistas en inflar egos y elogiar. Nunca me voy a cansar de escuchar a Salvador Banchero fabricando siempre los mismos elogiosos comentarios para cien diferentes bandas de porquería. Es admirable, realmente, cómo una sola persona puede alabar cada basura que se pone enfrente.

Tema excelente con la guitarra de Santana y la voz de Everlast. (No tiene nada que ver con la columna, es solo una elección antojadiza).



PD2: No estoy seguro de nada de lo que digo, si no, no lo escribiría.

PD3: Aunque un poco seguro si, si no, no lo escribiría.

PD4: Supongo que nadie lee ya posts tan largos e incoherentes. Estoy pensando, por recomendación del dueño del blog 10 de noviembre, mudarme a Twitter.

jueves, 30 de diciembre de 2010

Entre cine y novela

Por estos días, aunque desde hace meses -y de forma aleatoria-, TV Ciudad viene emitiendo sus programas sobre el Festival Ñ 2010. Si, pasaron meses desde el Festival Ñ en Montevideo, y estos programas no son nuevos, pero por alguna razón los están emitiendo con asiduidad últimamente. Cada programa se estructura en tres entrevistas realizadas durante el festival: una por Gonzalo Sobral a un escritor (obviamente extranjero, español, debido al festival), otra por Gabriel Peveroni, también a otro escritor o realizador, y una última con las preguntas ya editadas.

Esta prestigiosa casa recomienda estos programas, tanto para quienes hayan asistido al evento, como para quienes no. (Es una forma delicada que tienen los restaurantes con modales para decir que todo lo demás está en podrido o en vías de)

En uno de esos programas (que no se cuantos son, yo vi dos), Sobral entrevista a Vicente Molina Foix (1946, España), escritor, traductor -especialmente de la obra de Shakespeare-, que ha incursionado también en el cine primero como guionista y luego como director. En esta entrevista breve pero realmente interesante, Foix habla no solo de su tarea como traductor, de cómo es editar por Anagrama y de la génesis de la novela, sino que también habla de la relación entre literatura y cine, entre la novela y la película.

Personalmente creo que juntar en la misma conversación al cine y a la literatura precisa de mucho cuidado: hablamos de dos soportes diferentes, con otros códigos, formas y lenguajes. Hay que tener cuidado porque este tema se presta a la muy común y deleznable frase "la película me gustó, pero prefiero el libro", o "leí la novela, la película debe ser una mierda", o también "la película corta partes de la novela, es una porquería". Es como decir: el jugo de naranja es mejor que el licuado de pera y bananas. ¿?. Todos esos juicios parten de un error básico. El cine usa un lenguaje audiovisual basado en cortes de edición, movimientos de cámara, iluminación, todo un arsenal que buscará representar algo para la vista y los oídos de un espectador. Además, la atención del público promedio no puede estar más de cuatro horas frente a una cinta, supongo, por más atractiva que esta sea. La novela, en tanto, es solo letras, párrafos, el lector tiene que armar todo lo demás, sin importar si el autor es muy descriptivo o no. Hay, de plano, una relación dialéctica con el público (lector, espectador) diferente.

No hay mejor o peor. Es evidente -y necesario- que una novela de mil páginas llevada al cine sea reformulada y transformada en guión para durar dos horas; por eso hablamos de adaptación, supongo, y de guión. Si no sería como escanear la novela y poner un par de tipos a representar los diálogos, un par de árboles detrás y todo listo. Pero para algunos adaptación de una novela al cine parece que implica copiar y recrear cada una de las jodidas líneas, de las siete mil ochocientas líneas que tiene esa novela, y a la vez lograr una película de hora y media. Es curioso que exista gente que piense eso, muy curioso.

Es un tema demasiado largo. Ni Molina Foix ni Sobral dijeron ninguna idiotez de estas, claro está, pero se dio por un instante el tema de cómo es adaptar una novela al cine. Y es una pregunta justa para un entrevistado justo, que puede hablar con propiedad de ese proceso. Acertadamente Foix dice "llevar una novela al cine siempre es traicionar". Es muy claro: lo que en la novela es un espacio vacío que se llena con subjetividad del lector, en la película es representado por el director. Un ejemplo de esto -en nuestro país-, es citado en otro de estos programas, en la entrevista callejera que Peveroni le hace a Álvaro Brechner, director de Mal día para pescar, la mejor película (¿la única?) de género de los últimos tiempos en Uruguay. Peveroni le pregunta a Brechner "¿no te dio miedo meterte con Santamaría?". Creo que se le escapó a Peveroni, no soy quien para juzgarlo (lo juzgo, sí, por Tobogán Blanco, una muy linda novela suya), pero creo que es una pregunta innecesaria y muy Uruguaya. Adaptar un cuento de Onetti (Jacob y el Otro) desde una posición no-onettiana (confesada en esta entrevista por el mismo Brechner) es, a mi modo de ver, una oportunidad genial y así quedó demostrado, con una película (adaptación) espléndida en un medio cinematográfico -el uruguayo-, sobrecargado de ritmo europeo e historias mínimas (no es un ataque contra la evidente y marcada influencia estilística de Control Zeta sobre el cine nacional, al contrario, es una apuesta a hacer también otro tipo de cine que no sea siempre Stoll-Rebella). Pero para muchos -creo que Peveroni no piensa esto aunque tal vez me equivoque- no se trata de hacer una arriesgada película sobre un cuento genial, es "meterse con Santamaría, con Onetti".

Después sí, como se habla (sin especificar) en la entrevista de Sobral y Foix, hay veces en las que sale mejor parada la novela -juzgada como literatura- frente al filme, o en caso contrario; la película -juzgada bajo canones del cine- en oposición al libro. No mejor una que otra, sino mejor en relación a su formato mismo. Para explicarlo mejor: un ejemplo célebre es El Padrino, de Mario Puzo. No se trata de altísima literatura, si de una novela respetable. El-Padrino-Película goza, en el mundo del cine, de un elevadísimo prestigio como realización e historia de gángsters. El-Padrino-Novela, en cambio, no genera semejante respeto en el mundo literario.

viernes, 3 de diciembre de 2010

Otra Teletón

No quiero sonar insistente, pero mientras el fenómeno de la Teleton no cese de metamorfosearse mostruosamente, voy a seguir posteando al respecto cada año.

Quiero invitar a aquellos que no lo hayan hecho a conocer lo que pienso sobre esta campaña. Tal vez haya cambiado mi parecer en un año, pero estoy apurado como para leer todo el informe del año pasado. Link al pasado

En esta ocasón voy a agregar el primer gran cambio decadente de la Teletón:

"SI a colaborar"

"SI a sentirse bien"

Lo que antes era una suposición, algo velado, hoy es puramente expuesto: ya no hay porqué ocultar que el único y último motivo para colaborar es "sentirse bien". Decía antes que lo triste de campañas como esta, y tomo como ejemplo a la Teletón pero podemos hablar de otras tantas, lo triste de campañas como estas es el caracter masturbatorio del acto de colaborar: se ayuda a otro no por el otro, no para solucionar el "problema" ni para contribuír a algo exterior, se colabora solamente para sentir placer, para "sentirse bien" uno mismo con uno mismo. Sentirse bien con uno mismo por haber sido tan "generoso" con nuestro autoestima. Sentirse bien no por el otro sino por el placer que genera "ayudar".

Ya colaboré, ahora puedo apoyar la cabeza en la almohada y dormirme dulcemente bajo mis sábanas de generocidad PARA CONMIGO.

Quiero decir que todavía no se si este reconocimiento expreso y público del grado máximo del egoísmo es bueno o malo. Tal vez sea buena la honestidad: a fin de cuentas ya no insultan la inteligencia de algunos diciéndonos que lo que se hace se hace por "los chicos con capacidades 'diferentes'".

Al menos ahora ya no se toman el trabajo de cubrir la autosatisfacción: Es una buena y novedosa forma de ahorrar en hipocresía.

Pero por otro lado es el fin de las formas y las caretas, que a fin de cuentas, todos llevamos puestas a diario.

Respecto a los individuos que aparecen en la foto, es también algo paradójico. De izquierda a derecha: FREDDY NIEUCHOWICZ ABRAMOVICH, hombre enfermo por el dinero si los hay, no creo necesario seguir explicando ni detallando ni revelando mis fuentes. Omar Gutierrez, viejo chocho de la tv matutina al que sus propios compañeros tratan como si fuese un imbécil. Victoria Rodriguez... ... ... Nacho Alvarez, un periodista riguroso, incisivo y serio... aunque al parecer no escatima recursos para deleitar su morbosidad. Recordemos que subempleaba al difundo Escanlar y lo mandaba a recorrer quilómbos en la noche. Y para el final dejemos al gran Sr Fernando Vilar. Un tipo que cuando la policía avanza ni siquiera se gasta en tapar el micrófono para soltar un "si, bien hecho". Sospecho, y esto es solo una suposición, que Vilar estaría de acuerdo en mandar a trabajar a los niños que reciben tratamiento en el Centro Teletón.

viernes, 26 de noviembre de 2010

Pasados de verde

Las publicidades de FUCAC, desde hace algún tiempo, me causaron cierta impresión: ¿qué es eso del verde? ¿Por qué tanta insistencia empecinada y traída de los pelos con el color verde, los bailes ridículos, los cantos, etc…? Desde la primera vez que vi uno de los spots publicitarios de FUCAC y su misteriosa campaña con el verde, me asaltaron muchas dudas. Primer que nada, por el repentino e inexplicado protagonismo del color verde en sus avisos. Y es importante recalcarlo: la empresa nunca se ocupó de explicar qué significa el verde, por qué lo eligieron y que buscan con ese color como bandera de la empresa. El verde apareció sin más, de un día para el otro, y ahí se quedó. Pero lo primero es preguntarse si hay alguna razón especial para ello. Y evidentemente tenderíamos a decir que si; que seguramente los de FUCAC le pagaron a un grupo de tipos que se hacen llamar creativos (lo más cómico es que se forman y se licencian de creativos), para que le diesen un toque especial a la empresa. Ese toque resultó ser el verde.




En el spot el verde aparece en todas sus formas: en las letras, en las cifras de préstamo, en las prendas y todas la indumentaria de los actores… hasta se pinta la cámara y se le da un baldazo de pintura verde al televidente. Pasate al verde. ¿Qué es el verde? ¿Qué implica pasarse al verde? ¿Por qué? Todo eso no existe.

Rápidamente vemos otra cosa: entre tanta verdosidad, aparecen niños, niñas, gordos de doscientos kilos, jóvenes, adultos, viejos. Todos bajo el encanto del verde; todos, en cierta forma, bajo los efectos del verde. Todos bailan, se ríen, hacen idioteces, cantan… Todo por gracia divina de haberse pasado al verde.

Y luego de indagar brevemente en esto la respuesta es simple: ¿cuál es el imperativo social actual? ¿Qué es lo más valioso que podemos tener hoy? Juventud. Cremas, cosméticos, líneas de expresión, antiarrugas, tengo cuarenta pero no los aparento, no te arrugues, cuidate del sol pero bronceate, qué pelazo!, conservá tu figura, cuidá tu silueta, mantenete en forma, sacate años con la crema X. Esas son las expresiones que pueblan la publicidad hoy en día: el proceso natural de envejecimiento, el proceso natural que siguen todos los organismos de la tierra resulta peligroso, hoy parece necesario pervertir las reglas naturales en pos del congelamiento. El hombre actual es alérgico al paso del tiempo. No hay peor mal que la vejez. Viejos son los trapos; esa frase intenta servir de consuelo a una masa humana condenada al deterioro, al envejecimiento inminente que espera a su víctima.

La vejez ya no parece un bien, un proceso natural esperable y que sirve para acumular experiencia ni sabiduría: hoy es el terror que acecha a las personas, más terror que la muerte misma es ser un viejo. En el mundo en el que constantemente se amenaza con el no hay mañana, el fin del mundo, el día en que la tierra se detiene o el 2012, lo que queda es vivir aquí y ahora. Aprovechemos el momento, pues no sabemos que depara el futuro, si es que lo hay. Por eso no pensemos en el futuro, olvidémoslo: maquillémoslo, retrasémoslo… Postergación continua y estéril por evitar un mal que es inevitable. Eso parece.


En este marco, la publicidad de FUCAC no parece más que un producto típico de nuestro tiempo. Un esperanzador y patético sketch. Pasarse al verde significa olvidar las preocupaciones que antes aquejaban al hombre común (mi futuro, el ahorro, el trabajo, la dignidad). La cultura y el valor del ahorro, tiempo atrás considerado algo honorable y obligatorio, hoy ha desaparecido: ¿para qué ahorrar si nos vamos a morir? La aparición y proliferación de empresas de crédito marca el fin de la cultura del ahorro y la racionalización de los gastos.

El spot muestra a todos bajo el dulce y alegre reino del verde, del presente y el crédito: un toque de verde y las preocupaciones se van, un toque de verde y los viejos bailan, sonríen, disfrutan de la vida. Y esto no es menor: no es casual que los viejos (la gente de la tercera edad) sean protagonistas estelares de los avisos de FUCAC y el verde: el verde es el color de lo que todavía no está maduro, de lo que aún es fértil, lo que está creciendo, lo joven, lo que fluye. Eso, que es todo lo contrario a la vejez, con la magia de FUCAC convierte a los viejos en viejos verdes; es decir, viejos jóvenes que olvidan el paso del tiempo y las arrugas y bailan y ríen y piden préstamos y no se preocupan por nada.

sábado, 13 de noviembre de 2010

Bueno o malo, pero acertado



El más reciente spot publicitario de Coca Cola (el del video anterior) es francamente perfecto. Y lo digo sin ser especialista en marketing ni en estrategia alguna de ventas. Lo digo, simplemente, porque tiene lo que debe tener una marca para atraer al público hoy día: es narcisista, hedonista y agresivamente “democrático”. Repasemos: en el video se vive una locura total, un júbilo sin fin, sin drama ni traba alguna que pueda frenar la diversión. Es el paraíso mismo del desenfreno; de lo individual, de la (auto) satisfacción, de la realización personal, del placer sin límites. Podríamos llenar un párrafo entero de adjetivos. Bien, resulta que desde el horizonte se acerca un oscuro y malévolo ejército arcaico y pasado de moda que, lisa y llanamente, quiere acabar con todo eso; que viene a cortar violentamente el derroche de alegría. Quieren cortar el placer, dice el comercial (al menos el que escuché en TV, el de Internet está empezado).

Y resulta ser un retrato perfecto de lo actual: ya ninguno de nosotros vive bajo el rigorismo moderno, si bajo reglas morales y cierta ética; pero ya no cumpliendo con estas reglas sociales de forma estricta, ya no bajo el deber ser para con uno mismo y la sociedad. Ahora se siguen cumpliendo las reglas referentes a la organización en sociedad, pero estas corren más por autogestión o elección a la carta, por personalización, que por deber, obligación o imposición. Lo que antes se hacía por imposición, hoy se hace por placer. Pero las cosas han cambiado: lo que está bien y está mal ya no es estricto; lo bueno y lo malo, lo feo y lo lindo, ya no existen; los antagonismos se han barrido (nada es blanco o negro, hay grises; esa es la frase perfecta que define la abolición de límites y antagonismos). Ahora, en la convivencia social y tal como ocurre en la historia del spot publicitario, vivimos en la era de la autogestión, autorregulación; de los deberes y obligaciones moldeados y personalizados a la carta, al gusto de cada uno. Y el placer, la droga, la diversión, la ebriedad ya no se viven con culpa sino con orgullo y frenesí. Todo es una continua despedida de soltero: no hay mañana, por lo tanto el hoy, el ahora cobra una vida hipertrófica y hay que hacerlo todo ya, probar todo, darse todos los gustos.

En este marco, aquel Estado que se dedicaba a regular las relaciones, aquella era donde un poder superior indicaba a cada uno lo que debía hacer, es visto (al igual que en el video) como un aparato vetusto, antiguo, torpe; perteneciente al pasado, a un mecanismo de orden que ya no funciona, que ha sido barrido en beneficio de la autogestión. Ya no precisamos (reza la publicidad de Coca-cola) Estado, Deber, Ejército, Dios que venga a decirnos qué hacer: el Estado y el Deber somos nosotros; lo moldeamos nosotros; el Ejército ya no sirve por su torpeza y, por su puesto; Dios ha muerto.

Tal y como ocurre con el aparato regulador (ejército, Presidente, Estado) en el reclame de Coca-cola, los mandatarios e instituciones buscan constantemente un lugar en un mundo que ya no los precisa, que se autorregula; por eso los presidentes son más populares cuanto más “hablan el lenguaje del pueblo”, por más que ese lenguaje sea defectuoso; por eso los candidatos discuten de tú a tú en Twitter, por eso se populariza (se democratiza falsamente) todo lo que antes era opuesto a la masa.

Una vez más, tal y como lo muestra el magistral video de Coca-Cola, el individuo actual (posmoralista) ya no vive esta falta de sentido, esta ausencia de proyectos o mañana, de forma dramática. Que el mundo sea absurdo, que el hoy sea lo único que queda, ya no genera depresión; la depresión es típicamente moderna y problemática; es típicamente pasada. En la actualidad todo es deserción; un estancamiento dulce y aproblemático. La falta de rumbo de todo ya no es un drama; es una forma de vida. “Es mejor cualquier sentido que ninguno” dijo Nietzsche: hoy esa frase ha sido barrida, se ha demostrado que se puede vivir sin ningún sentido y que la “felicidad” coexiste con el absurdo.

viernes, 5 de noviembre de 2010

Cartas de un viejo jubilado: primera entrega

¿Por qué he de soportar, cada día, qué ciertos sujetos -idiotas extraviados, debo concluir- se tomen la licencia, el lujo, el descaro de estacionar su coche en la vereda? Es una muestra cabal de la decadencia de nuestro tiempo; decadencia poco relevante, como debe ser. Resulta que hay que bajar a la calle o desviar el camino correcto porque a un Don Atrevido se le ocurre atravesar su jodido auto en dónde debería estar el transeúnte caminando libre y alegremente, o triste, como el sujeto pueda. Pero es intentendible cómo se condena a un simple peatón a bajar la vereda (enfrentándo, creo que no hace falta decirlo, el crudo peligro que acecha en las calles) por un simple antojo.

Parecerá estúpido, y lo es, pero con estas pequeñeces se demuestran grandes cosas. He concluido, luego de un perspicaz y agudo proceso de observación, que cada uno de estos caballeros mongoloides, además de una falta total de vergüenza, dignidad y buen gusto, padecen un evidente delirio de grandeza, derivado en parte de su gris presente y su estereotipada existencia: plagada de lugares comunes, café rancio, corbatas apretadas, lapiceras en el bolsillo de la camisa, hijos feos de seis u ocho años que padecen una marcada hiperactividad y desapego por el aprendizaje de buenas costumbres, y un largo etc... El infractor más destacado, en concreto, es un sujeto apático (de barba de varios días), que va a su trabajo en su piojosa camioneta llena de pegotines en el vidrio trasero lo cuál, seguramente, causará un fatal accidente que incluirá horribles consecuencias, que vuelve a la noche cargado de tristeza, que cada mañana va en chancletas (desligado totalmente de de la realidad, pues si hace frío o calor las usa) a la panadería. Entonces parece que todos nosotros somos culpables de que el señor sea un desgraciado degenerado falto de geometría, traído de un lejano sitio o planeta donde los autos ocupan las veredas y las personas las calles, donde las personas se sientan en el piso y los objetos en las sillas; un lugar inverso. Todos los días, aquel indigno ser humano que no tenga el buen gusto ni la bendición de tener auto y que sea lo suficientemente burro como para no saber levitar, debe pasar por la vereda y; o bien mancharse la ropa contra el óxido del guarda barros de su asquerosa camioneta, o bien bajar a la calle corriendo el evidente riesgo de que un auto lo pase por encima.

Habrá que ver cómo se soluciona este tema; sepa usted, muy señor mío, que la multa correspondiente al mal social, al crimen que usted está perpetrando y perpetuando, es de $1855 (cuatro UR) según indica la norma técnica correspondiente, al día 30.08.2010. Pero ya que lo menciono, he dado, creo, con la raíz misma del problema: apelo al mismo Estado, a la misma ley que algunos miembros del Ejecutivo utilizan para limpiarse el trasero. Está lleno de gente como este hombre, y nada pasa. Así que al diablo con la ley, porque si esperamos por eso, para casos como este, vamos a esperar hasta el fin de los tiempos.

He decidido, y lo vengo manejando desde hace largo tiempo, que lo mejor para todos será colocar una suerte de pincho cuidadosamente pensado para que usted, al salir de su casa una mañana, vea truncas sus espectativas y pinchada una de sus ruedas.
Me veo en el deber de declarar, también, que es un mal familiar, pues durante el verano tuve la posibilidad de ver al hijo de este sujeto, de este vecino irrespetuoso con la dignidad y la cordialidad, utilizando una manguera para mojar la vereda. Si; el niño rollizo e imbécil mojaba, tarde de por medio y debido al ocio y a que su padre no se dignaba a jugar pelota con él, la calle con la manguera por el arte de molestar. Gastaba la preciosa agua. Espero que cuando las fuerzas de todas las potencias mundiales nos perviertan y opriman para sacarnos el agua (¿hace cuanto que vienenen jodiendo con eso de que van a venir a sacarnos el agua?), este niño se haga cargo de su mal. Este pequeño ya tiene conciencia de si, supongo, así que cuando nos vengan a sacar el agua espero tenga la decencia de enfrentar al enemigo y no se quite la vida.

Respetuosamente,

El señor del caos