lunes, 21 de marzo de 2011

El extraño caso del mozo y la Coca Cola


Si hay algo que representa muy bien a la vida, eso es la Coca Cola. El misterio a su alrededor está a la orden del día: mucho se dice, se especula, se inventa, se desmiente sobre la popular bebida. Últimamente he escuchado a muchos decir que la Coca Cola en envase de vidrio es mejor que la que viene en plástico. No podría estar más en desacuerdo; si bien es cierto que cuanto más grande es el envase de plástico, peor es la Coca Cola, cualquier consumidor reconoce que a la de 600 en su modo plástico no hay quién le gane.

Una noche de no hace mucho tiempo atrás, me encontraba con XV -las iniciales de la persona en cuestión- en un restaurante común y corriente de una calle cualquiera. Fue ahí cuando descubrí que lo de las posiciones acerca de la Coca Cola y los envases es como Dios, el Universo y la Historia: discutible, al menos. El mozo se acercó y le ordenamos nuestro pedido. Al final, cuando preguntó si íbamos a tomar algo, le contesté que sí: una jarra de Coca Cola, agregué refiriéndome a una jarra de refresco "Para 2" que figuraba en el menú a un precio visiblemente más conveniente que el correspondiente a las dos botellitas clásicas de vidrio. Antes de que el tipo se fuera le pregunté si el contenido por defecto se podía cambiar; me contestó que no, que la "Jarra de refresco para 2" sólo era de Coca cola, a lo que yo asentí sin mayores complicaciones. Sin embargo, y sin obligación de hacerlo, el mozo agregó: "La jarra para 2 solo es cono Coca porque es de máquina, la máquina sólo tiene eso". Le dijimos que no había problema ninguno y, sin decirlo, juzgué interesante probar la Coca de máquina para ver si realmente valía la pena la jarra por sobre la botella clásica de vidrio de los bares. XV, que en principio hubiese preferido Sprite, no opuso mayores quejas y aceptó la bebida de máquina.

Minutos después llegó nuestra solicitud, la famosa "Jarra para 2" con bastante hielo que nadie pidió, la pizza, orégano, servilletas. Pasó el rato. Siguieron horas y todo transcurrió normalmente. A decir verdad, en ningún momento pasó nada demasiado extraño, porque a fin de cuentas nada extraña ya. No recuerdo si lo dije en voz alta, pero era la primera vez que me ponía a pensar "estoy tomando Coca Cola de máquina". Intenté evocar el sabor y las supuestas diferencias con sus parientas de vidrio, lata y plástico, y pasé en aquella tarea varios minutos. Algo tiene, pensé varias veces, que sea de máquina le da un toque... Mañana voy a comprame una de botella para comparar sabores, definitivamente, si, esta tiene algo, es obvio, si es de máquina tiene que ser diferente; ¿si no para qué van a ofrecer una de máquina y una de botella?. Qué descubrimiento, pensar que perdí tiempo tomando aquel jarabe envasado en plástico cuando había directamente de máquina con este sabor tan especial, y ni hablar de mi época apocalíptica de Nix cola, eso si fue espantoso.

Hacia el final, cuando el mozo vino a traer la cuenta, y luego de tomar los platos y vasos y la "Jarra para 2" vacía, dijo -nuevamente sin estar obligado-: "¿estaba buena la Coca, no?", y antes de que XV o yo pudiésemos responder que sí, concluyó él mismo: "está bárbara, porque recién destaparon las botellas". Inconsciente del conflicto que había desatado con su última frase, se retiró y no lo volvimos a ver.

jueves, 17 de marzo de 2011

117 con banda sonora

El martes pasado, alrededor de las 20:30 en un 117 Plaza Independencia modelo nuevo, ocurrió la siguiente historia.

Al subir y pagar un boleto que no condice con el servicio prestado a un guarda que observa aterrado y malherido cómo minuto a minuto, día a día, sus facultades laborales se ven amenazadas por un inexorable avance tecnológico y su puesto laboral corre el inminente peligro de quedar en manos de una máquina que hace el trabajo por sí sola, dejándolo en ridículo y con la mera función de ayudar, cada tanto, al transeúnte que no sabe colocar bien la tarjeta para el boleto, en ese entorno habitual, escuché una guitarra tocada con el esmero de alguien que se cree muy bueno en lo que hace, una voz que cantaba y algunas palmas que golpeaban más por falso respeto que por sentimiento real.

Detrás mío, como siempre a esa hora -a cualquier hora en esa zona y en esa línea de ómnibus-, un lote de estudiantes de ingeniería haciendo lo único que hacen en la calle cuando los veo (lo digo sin ánimo de ofender a nadie, pero es algo que me asombra): hablar de cosas relacionadas a las clases en la facultad. Nada en contra de los estudiantes de ingeniería; se que muchos están del otro lado leyendo esto... después de haber leído manuales de ingeniería, claro.

Llegando a otra concurrida parada, donde otro racimo de estudiantes, esta vez pertenecientes a otra facultad, la de economía si no me equivoco, subió al ómnibus, puse atención por primera vez en el sujeto de la guitarra. Fue la primera vez que le puse atención porque fue la única vez que dejó de cantar y tocar. En ese lapso entre tema y tema, y mientras más y más estudiantes de ingeniería hablaban de ingeniería y estudiantes de economía subían vestidos de traje y dos planchas detrás mío agudizaban su debate sobre marcas de gorras y colores fluorescentes a la vez que se reían como idiotas de un tipo que trabaja en un ómnibus para ganarse la vida que ellos perdieron hace tiempo o nunca tuvieron, el artista callejero dijo algunas cosas. A saber:

"... No se olviden que nosotros los artistas callejeros tocamos para todos (...) para los que tienen mucha y poca plata; para los contadores y los kioskeros..."

Hasta ahí iba bien, a fin de cuentas, eso es cierto. Pero he aquí el lamentable remate de su parlamento:

"...Hacemos eso, no como otros que tocan sólo para algunos pocos (...) En el [Teatro] Solís para algunos afortunados, cobrando 200 pesos la entrada."

De este comentario saqué dos conclusiones rápidas: 1) que se trata del lamento de un sufrido músico frustrado y 2) que sintetiza a la perfección cierto imaginario estúpido que puja por una especie de democratización de la cultura.

En rigor, el comentario es justo con la realidad: pero el emisor y las puntualizaciones -Teatro Solís, 200 pesos la entrada- dejan en evidencia un agudo resentimiento disfrazado con las zaparrastrosas vestimentas de la falsa humildad y el populismo malnacido. ¿Quién le dijo a este heraldo negro y gratuito de la defensa del arte que es obligación suya tocar a voluntad en un ómnibus? Nadie, lo hace porque evidentemente NO puede hacerlo de otra forma, y cree que por tocar con una guitarra desafinada en un ómnibus que hace ruido con público que ni lo mira y todavía lo critica desde un blog escondido en el anonimato, es más digno o popular o democrático que aquel que toca con instrumentos de calidad en una sala acustizada con público que pagó 200 pesos para verlo.

Este tipo de sujetos son los que AMATEURIZAN todo producto creativo o intelectual en los países tercermundistas. Son amateurs, sueñan con ser profesionales y por eso defenestran al músico que cobra por SU trabajo.

¿Si no es el músico el que cobra 200 pesos para tocar en el Solís, quién lo hace? ¿El artista, que saca un disco y es practicamente violado intelectual y económicamente por un sello discográfico que se lleva el 90% de las ganancias -en el mejor de los casos-, ahora es culpable por llevar la música a un nivel profesional y cobrar por su trabajo?

Este músico callejero es el elemento que se deshonra a sí mismo y a sus colegas cuando le quita valor a su propio trabajo diciendo que no merece ser tomado en serio y que cobrar por él es mentirle a la gente. Con ese criterio todos los oficios y profesiones tendrían que ofrecerse a voluntad por doquier. Y yo no he visto, hasta ahora, a ningún médico subir a un 117 y decir: "voy a pasar a controlarles el ritmo cardíaco y la presión a los pasajeros, el servicio es a voluntad". No, no lo vi. Qué hijos de puta los médicos, entonces, que cobran por su trabajo y atienden por 200 pesos en consultorios pulcros con guantes blancos. Ya que estamos.

martes, 22 de febrero de 2011

Christian Bale (y The Fighter)


Alguno dijo que The fighter "tira la toalla demasiado pronto"; que la interpretación de Bale es "sobreactuada y por eso la Academia lo va a premiar"; que la película es "otra de esas historias de superación, sacrificio y boxeo"; que ya lo hicieron Toro salvaje o Rocky.


Lo último es cierto; hace mucho que el boxeo -o la lucha libre- es un buen disparador para historias que mezclan drama y deporte. Ejemplos: Rocky, Toro salvaje, Million Dollar Baby, El luchador (The wrestler) y también Mal día para pescar, de Álvaro Bretchner -lo MEJOR que le pasó al cine de género en Uruguay-.


Que The fighter gira una vez más sobre lo mismo es cierto, lo que no quita que la película funcione de maravilla. No importa que una fórmula sea repetida; importa que sea efectiva -y no efectista!- y que esté, ante todo, bien hecha. Y la verdad es que el final de The fighter te mete ahí. En realidad toda la película atrpa: el núcleo familiar cerrado de inmigrantes irlandeses en EEUU; el boxeo no como simple envase para un mensaje o metáfora estúpida, sino como eje de las relaciones, como causa y consecuencia de la decadencia humana; la música, excelente en cada intervencion, y los PERSONAJES, todos o la mayoría, de carne y hueso, verdaderos. (Obviamente Mark Wahlberg está igual que siempre, o sea: ni mal ni bien. Como un oasis en el camino queda su papel sorpresivo y muy bueno en Los infiltrados). Ah, tampoco hay buenos y malos muy determinados, otro punto a favor.



Y Christian Bale, que en esta película vuelve a morir por 115 minutos para darle vida, también por 115 minutos, a Dicky Eklund en la pantalla, merece un parrafo aparte y separado por dos espacios en blanco.



Lo de Bale es impresionante, atrapante, un personaje frenético. Ocurre que cuando Dicky Eklund aparece en escena todo lo demás pasa a segundo plano.

Si el Óscar a Mejor actor de reparto no lo gana Christian Bale, elimino este blog. (Se que para muchos eso sería un golpe duro, por eso lo digo. Pero siempre recuerden que hay grandes sacrificios que son necesarios para protestar por algo que nadie nos pidió y que no nos afecta o beneficia directamente a nosotros).

lunes, 31 de enero de 2011

Entren los que quieran

(Pseudo amantes del rock fundamentalistas de mentira y principios muy sólidos, abstenerse, porque sus comentarios no son bienvenidos, nunca)





No me gusta el reggaeton (el reguetón). Su música no me atrae, pero lo peor son sus letras, que siempre giran sobre lo mismo y a veces hacen gracia y a veces dan lástima. Pero ha pasado algo. Sinceramente lo más reggaeton de Calle 13 no me gusta, ni me gustó nunca, pero reconozco que en el fondo -al menos lo creo así- tiene más ironía que sinceridad. Algunas de las famosas canciones del grupo, que dicen muchas cosas guarras (es la palabra que mejor se adapta), y que parecen pura sinceridad boricua, no son otra cosa que una especie de lenguaje callejero autoconsciente. Residente (el vocalista de C13) no nació en la penuria puertorriqueña; viene de la clase cómoda (que no es lo mismo que acomodada) de ese país. Es bastante más ilustrado de lo que quiere vender -y vende, efectivamente.

(No voy a ahondar en esto: para más, consultar la Cinemag que sale este viernes a los dos lados del Plata. Tapa de Anthony Hopkins por El rito, que esperamos con ansia... en Plaza Francia).

Este post no era para promocionar descaradamente -aunque indirectamente lo hace-, sino para compartir un tema del último disco de Calle 13 que se llama Calma Pueblo. Desde el título ya vemos por donde viene; por el lado del Calle 13 activista y todo eso, que todavía no se si definir de puro caretismo o sinceridad. No se, realmente, si el camino comprometido de este grupo (en temas como Pal' Norte, también) es visceral, real, o simple estrategia descarada de marketing. Tiendo a creer que tiene un poco de las dos, y no está mal.

Cuando uno dice Calle 13 lo relaciona con ese género que a muchos no nos gusta, y en seguida los rechaza. A continuación dejo este tema de Entren los que quieran, que salió en noviembre pasado. Yo me lo pasé escuchando por varios días seguidos. Este rap superheavy -qué es si no?- (compuesto junto a Omar Rodríguez-López, guitarrista del grupo de Texas The Mars Volta) es la última frontera en la transformación de Calle 13, transformación que implica contradicción interna, y se nota.



sábado, 15 de enero de 2011

En vías de extinción

Hace algunos días cierta revista musical publicó un estudio que delata al 2010 como el peor año para el rock en los últimos 50 años. Peor y mejor, en este caso, medidos en base a índices de popularidad. “Apenas tres canciones de rock 'n' roll aparecieron en la lista de los 100 éxitos para 2010 en el Reino Unido, la cifra más baja en 50 años”. La “decadencia” –siempre entre comillas, porque es en base a popularidad, y sabido es que la popularidad casi siempre está equivocada-, que toca su mayor pozo en el año que acaba de terminar, no es repentina: en 2008 los temas de rock en el hot 100 fueron 27; en 2009, fueron 13. Como debe ser, el lugar huérfano del rock es ocupado, según indica el informe –y cualquier ranking internacional- por el pop.

Pero lo que parecería ser un ascenso de la música pop a escala mundial resulta ser una cosa diferente: lo que ocurre -según alcanzo a ver- es un estancamiento del rock más que una evolución positiva del pop. Este género permanece dentro de lo esperable, dentro de su naturaleza e innovación; es el rock el que parece poblado de jóvenes fundamentalistas asquerosos. A contrapelo de la actitud de quiebre con lo existente y la vanguardia, las “nuevas bandas” que se dicen –con orgullo- de rock, profesan ciertos principios sacralizados y desacreditan al pop. Critican cierta liviandad o estupidez en el pop, cuando es más estúpida la impostura de ciertos grupos de rock.

Rockers de juguete hechos en serie
¿Por qué este estancamiento en el rock? Seguramente se deba a esta actitud de rockeritos-reventados-transgresores de cotillón que tiene el 90% de las bandas de la actualidad. Parece tratarse todo de una postura o máscara más que de tocar. “Rockear no tiene que ver con drogas ni como parecer un idiota”, deberían aprender un poco de Mr. S de School of Rock.

(Auténticas bazofias del mismo Lucifer como Ataque 77 –basura total-, La mancha de Rolando –qué asco-, Callejeros –que desastre-, y un aterrador y extenso etc, llenan estadios y atraen a las huestes huérfanas de los Redondos que evidentemente están llenando estadios equivocados. En Uruguay nombremos a No te va gustar, Chala Madre y Once Tiros para demostrar que de esta parte del charco no nos quedamos atrás y hay mucha mierda; demasiada para un país tan chico y con un corazón tan grande).

De algo sirven estos grupos –que pertenecen al rock chabón-: sirven para que Capusotto tenga material de sobra de acá a cuarenta años para sus acertados sketches sobre el modelo-rocker.

El retorno de los reyes
El escenario es claro: son cada vez más frecuentes los casos grupos históricos que se reúnen –viejos, gordos, calvos- abandonados por las musas, para reencontrarse con el éxito perdido y rememorar viejos y gloriosos tiempos. Esto no es algo esencialmente malo; ¿qué tiene de malo que músicos consagrados se junten para recordar viejos hits, y de paso hacer algo de dinero? Nada de malo, al contrario. Pero de muestra algo triste en el fondo: viene a confirmar que detrás de ellos no llegó nadie para sustituirlos. Actualmente, a excepción de contados casos, son las viejas glorias (Clapton, Dylan, Paul, los Stones, Zeppelin, los Beatles) las que llenan los estadios, las que emocionan al público. Hasta el mismo Lennon, desde el cielo, levanta y mueve más gente que un ejército de grupos fugaces de la actualidad. Es a la vez vivificante y un poco nostálgico ver cómo tiene que cargarse la mochila al hombro Paul McCartney. Las leyendas vuelven al ruedo, se reúnen, hacen giras; en parte por necesidad propia, pero en gran parte por la obvia necesidad de llenar un vacío que nadie llenó.

¿No hay nuevos grupos, entonces? Claro que los hay, quien va a decir que no: Coldplay, Muse, Franz Ferdinand, Strokes, The Killers, además de los otros: Red Hot Chili Peppers, R.E.M., INXS, Smashing Pumpkins, Foo Fighters… pero, obviamente, cada vez, a medida que pasan los años, son especies que desaparecen. Los Killers son intermitentes y parecen separarse y juntarse, lo mismo con Franz Ferdinand y los Strokes, Keane, los Peppers. Pero más allá de ellos no hay vida inteligente.

El mal del rock
Hay dos enfermedades que a esta altura parecen crónicas en el rock: la primera es la tragicómica puesta en escena de la mayoría de los artistas del género, la segunda es la imitación no solo de otros músicos, sino también de cánones y principios obsoletos que, en su época, fueron removedores.

1) Sobre la tragicómica puesta en escena
A pocos les sale bien y da gusto verlos con parquedad sobre el escenario; uno de ellos es Bob Dylan. El resto: abstenerse por favor! El problema es que en la actualidad, muchos exponentes de esa facción del rock –siempre recalquemos que es un sector, no la totalidad- se paran mirando hacia el público, tocan sucio y desprolijo, fuerte, gritan, se mueven –como los personajes de Capusotto, nuevamente-. Su actitud no es la de brindar un espectáculo; y con esto no digo que deban prender fuego sus instrumentos ni nada. En estas latitudes, donde ese mal espantoso es mayor –diría que es nativo de estas tierras- y se suma a letras que suenan mal en muchos casos, hay pocos grupos que escapan a esto, se me ocurren: Los Pericos, Auténticos decadentes, El cuarteto de Nos y Closet (un grupo pop ¡cuidado, pop!, que horrible, que superficial!)

2) Sobre la imitación a cualquier precio
Una cosa es tomar mucho de los que saben, demasiado; perseguirlos hasta parecerse a ellos. Eso no tiene nada de malo. Pero cuando el objetivo de un artista es copiar la actitud de otro, o la voz, eso ya es desagradable y da risa. Un buen ejemplo de esto es el surgimiento de pseudo-calamaros que han proliferado en Argentina. ¿Cuántos cantantes con voz calamaresca han aparecido? Coti, Pity Álvarez (aunque a este lo perdonamos, porque “estamos enfermos, perdónenos, perdónenos”), Estelares, etc… ¿Cuál es la gracia de mutilarse a uno mismo para parecer otro? Si uno copia a otro puede ser bueno, hasta ser casi como el otro; pero podría ser mejor si fuera uno mismo. Entiendo que a Juanse de los Ratones le fascina Mick Jagger, pero no encuentro que le copie la voz ni los movimientos –tal vez sea porque se le rompería la cadera-. Simplemente no entiendo esto. Es inevitable que un músico esté influido por los Stones y los Beatles o Dylan, pero querer ser una fotocopia de otro es muy triste.


Finalmente, en este marco de estancamiento, no es de extrañar que el pop surja como el gran animador de las radios en tiempos en que lo que llega más rapido a los oídos gana. El pop, a diferencia de otros géneros, tiene en su esencia la fugacidad: las estrellas fugaces son propias de ese género, esas estrellas de un éxito pasajero. Entre tantas quedan algunas.

PD: Me consta que colegas –aunque si a ellos les preguntan dicen, para lavarse las manos: ‘yo no soy cronista musical’- creen que esto es agresivo y atenta contra la producción nacional. Si hay algo que no soporto es la defensa irracional de cualquier porquería por el solo hecho de ser nacional. Allá ellos. Es un poco cansador ver cómo desfilan grupos realmente espantosos por programas de radio con conductores especialistas en inflar egos y elogiar. Nunca me voy a cansar de escuchar a Salvador Banchero fabricando siempre los mismos elogiosos comentarios para cien diferentes bandas de porquería. Es admirable, realmente, cómo una sola persona puede alabar cada basura que se pone enfrente.

Tema excelente con la guitarra de Santana y la voz de Everlast. (No tiene nada que ver con la columna, es solo una elección antojadiza).



PD2: No estoy seguro de nada de lo que digo, si no, no lo escribiría.

PD3: Aunque un poco seguro si, si no, no lo escribiría.

PD4: Supongo que nadie lee ya posts tan largos e incoherentes. Estoy pensando, por recomendación del dueño del blog 10 de noviembre, mudarme a Twitter.

jueves, 30 de diciembre de 2010

Entre cine y novela

Por estos días, aunque desde hace meses -y de forma aleatoria-, TV Ciudad viene emitiendo sus programas sobre el Festival Ñ 2010. Si, pasaron meses desde el Festival Ñ en Montevideo, y estos programas no son nuevos, pero por alguna razón los están emitiendo con asiduidad últimamente. Cada programa se estructura en tres entrevistas realizadas durante el festival: una por Gonzalo Sobral a un escritor (obviamente extranjero, español, debido al festival), otra por Gabriel Peveroni, también a otro escritor o realizador, y una última con las preguntas ya editadas.

Esta prestigiosa casa recomienda estos programas, tanto para quienes hayan asistido al evento, como para quienes no. (Es una forma delicada que tienen los restaurantes con modales para decir que todo lo demás está en podrido o en vías de)

En uno de esos programas (que no se cuantos son, yo vi dos), Sobral entrevista a Vicente Molina Foix (1946, España), escritor, traductor -especialmente de la obra de Shakespeare-, que ha incursionado también en el cine primero como guionista y luego como director. En esta entrevista breve pero realmente interesante, Foix habla no solo de su tarea como traductor, de cómo es editar por Anagrama y de la génesis de la novela, sino que también habla de la relación entre literatura y cine, entre la novela y la película.

Personalmente creo que juntar en la misma conversación al cine y a la literatura precisa de mucho cuidado: hablamos de dos soportes diferentes, con otros códigos, formas y lenguajes. Hay que tener cuidado porque este tema se presta a la muy común y deleznable frase "la película me gustó, pero prefiero el libro", o "leí la novela, la película debe ser una mierda", o también "la película corta partes de la novela, es una porquería". Es como decir: el jugo de naranja es mejor que el licuado de pera y bananas. ¿?. Todos esos juicios parten de un error básico. El cine usa un lenguaje audiovisual basado en cortes de edición, movimientos de cámara, iluminación, todo un arsenal que buscará representar algo para la vista y los oídos de un espectador. Además, la atención del público promedio no puede estar más de cuatro horas frente a una cinta, supongo, por más atractiva que esta sea. La novela, en tanto, es solo letras, párrafos, el lector tiene que armar todo lo demás, sin importar si el autor es muy descriptivo o no. Hay, de plano, una relación dialéctica con el público (lector, espectador) diferente.

No hay mejor o peor. Es evidente -y necesario- que una novela de mil páginas llevada al cine sea reformulada y transformada en guión para durar dos horas; por eso hablamos de adaptación, supongo, y de guión. Si no sería como escanear la novela y poner un par de tipos a representar los diálogos, un par de árboles detrás y todo listo. Pero para algunos adaptación de una novela al cine parece que implica copiar y recrear cada una de las jodidas líneas, de las siete mil ochocientas líneas que tiene esa novela, y a la vez lograr una película de hora y media. Es curioso que exista gente que piense eso, muy curioso.

Es un tema demasiado largo. Ni Molina Foix ni Sobral dijeron ninguna idiotez de estas, claro está, pero se dio por un instante el tema de cómo es adaptar una novela al cine. Y es una pregunta justa para un entrevistado justo, que puede hablar con propiedad de ese proceso. Acertadamente Foix dice "llevar una novela al cine siempre es traicionar". Es muy claro: lo que en la novela es un espacio vacío que se llena con subjetividad del lector, en la película es representado por el director. Un ejemplo de esto -en nuestro país-, es citado en otro de estos programas, en la entrevista callejera que Peveroni le hace a Álvaro Brechner, director de Mal día para pescar, la mejor película (¿la única?) de género de los últimos tiempos en Uruguay. Peveroni le pregunta a Brechner "¿no te dio miedo meterte con Santamaría?". Creo que se le escapó a Peveroni, no soy quien para juzgarlo (lo juzgo, sí, por Tobogán Blanco, una muy linda novela suya), pero creo que es una pregunta innecesaria y muy Uruguaya. Adaptar un cuento de Onetti (Jacob y el Otro) desde una posición no-onettiana (confesada en esta entrevista por el mismo Brechner) es, a mi modo de ver, una oportunidad genial y así quedó demostrado, con una película (adaptación) espléndida en un medio cinematográfico -el uruguayo-, sobrecargado de ritmo europeo e historias mínimas (no es un ataque contra la evidente y marcada influencia estilística de Control Zeta sobre el cine nacional, al contrario, es una apuesta a hacer también otro tipo de cine que no sea siempre Stoll-Rebella). Pero para muchos -creo que Peveroni no piensa esto aunque tal vez me equivoque- no se trata de hacer una arriesgada película sobre un cuento genial, es "meterse con Santamaría, con Onetti".

Después sí, como se habla (sin especificar) en la entrevista de Sobral y Foix, hay veces en las que sale mejor parada la novela -juzgada como literatura- frente al filme, o en caso contrario; la película -juzgada bajo canones del cine- en oposición al libro. No mejor una que otra, sino mejor en relación a su formato mismo. Para explicarlo mejor: un ejemplo célebre es El Padrino, de Mario Puzo. No se trata de altísima literatura, si de una novela respetable. El-Padrino-Película goza, en el mundo del cine, de un elevadísimo prestigio como realización e historia de gángsters. El-Padrino-Novela, en cambio, no genera semejante respeto en el mundo literario.

viernes, 3 de diciembre de 2010

Otra Teletón

No quiero sonar insistente, pero mientras el fenómeno de la Teleton no cese de metamorfosearse mostruosamente, voy a seguir posteando al respecto cada año.

Quiero invitar a aquellos que no lo hayan hecho a conocer lo que pienso sobre esta campaña. Tal vez haya cambiado mi parecer en un año, pero estoy apurado como para leer todo el informe del año pasado. Link al pasado

En esta ocasón voy a agregar el primer gran cambio decadente de la Teletón:

"SI a colaborar"

"SI a sentirse bien"

Lo que antes era una suposición, algo velado, hoy es puramente expuesto: ya no hay porqué ocultar que el único y último motivo para colaborar es "sentirse bien". Decía antes que lo triste de campañas como esta, y tomo como ejemplo a la Teletón pero podemos hablar de otras tantas, lo triste de campañas como estas es el caracter masturbatorio del acto de colaborar: se ayuda a otro no por el otro, no para solucionar el "problema" ni para contribuír a algo exterior, se colabora solamente para sentir placer, para "sentirse bien" uno mismo con uno mismo. Sentirse bien con uno mismo por haber sido tan "generoso" con nuestro autoestima. Sentirse bien no por el otro sino por el placer que genera "ayudar".

Ya colaboré, ahora puedo apoyar la cabeza en la almohada y dormirme dulcemente bajo mis sábanas de generocidad PARA CONMIGO.

Quiero decir que todavía no se si este reconocimiento expreso y público del grado máximo del egoísmo es bueno o malo. Tal vez sea buena la honestidad: a fin de cuentas ya no insultan la inteligencia de algunos diciéndonos que lo que se hace se hace por "los chicos con capacidades 'diferentes'".

Al menos ahora ya no se toman el trabajo de cubrir la autosatisfacción: Es una buena y novedosa forma de ahorrar en hipocresía.

Pero por otro lado es el fin de las formas y las caretas, que a fin de cuentas, todos llevamos puestas a diario.

Respecto a los individuos que aparecen en la foto, es también algo paradójico. De izquierda a derecha: FREDDY NIEUCHOWICZ ABRAMOVICH, hombre enfermo por el dinero si los hay, no creo necesario seguir explicando ni detallando ni revelando mis fuentes. Omar Gutierrez, viejo chocho de la tv matutina al que sus propios compañeros tratan como si fuese un imbécil. Victoria Rodriguez... ... ... Nacho Alvarez, un periodista riguroso, incisivo y serio... aunque al parecer no escatima recursos para deleitar su morbosidad. Recordemos que subempleaba al difundo Escanlar y lo mandaba a recorrer quilómbos en la noche. Y para el final dejemos al gran Sr Fernando Vilar. Un tipo que cuando la policía avanza ni siquiera se gasta en tapar el micrófono para soltar un "si, bien hecho". Sospecho, y esto es solo una suposición, que Vilar estaría de acuerdo en mandar a trabajar a los niños que reciben tratamiento en el Centro Teletón.